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DIDÁCTICA de la FILOSOFÍA

educar preguntando

educar preguntando EDUCAR PREGUNTANDO de Pedro Ortega Campos
La ayuda filosófica en el aula y fuera de el aula (PPC, Madrid, 2005, 236 pp.)

Pedro Ortega es vocal de la Asociación Internacional de Profesores de Filosofía, doctor en filosofía y sociología, autor de numerosos artículos y de varios libros, entre otros Cómo curar con el pensamiento y Notas para una filosofía de la ilusión. Lleva 9000 horas de asistencia en el Teléfono de la Esperanza.

El libro tiene un prólogo de Manuel Maceiras Fafián, una introducción, cuatro capítulos, una conclusión, un vocabulario mínimo y una bibliografía para todos. Al final de cada capítulo hay una síntesis con las ideas principales. Una lista de preguntas modales para el debate y otra lista de preguntas temáticas. Cuenta varios casos de adolescentes y jóvenes, a partir de los cuáles plantea una serie de preguntas que sirven para el debate en clase y para la reflexión personal.

En la introducción, el autor afirma que los alumnos olvidarán las fechas, los autores y las teorías pero que el engarce problemático que los alumbró perdurará en su biografía personal (11). A través del preguntar y del preguntarse personal los profesores traemos la verdad que habita en las preguntas de los alumnos (16). Pero no se trata de pensar sobre cualquier cosa sino sobre lo que las cosas son, sobre cómo han sucedido. Se trata de dotar a la vida de pensamiento. (17)

En el capítulo I describe las características que hacen del pensamiento filosófico una base para la comunicación humana y personal. La memoria filosófica no como facultad pasiva sino como aplicación al pasado de una voluntad de orden, verdadera filosofía perenne (dimensión histórica) (24); la contribución de la filosofía en el aula consiste en devolver al alumnado la importancia de la introspección para realizar una mejor convivencia, buscar la realidad más allá de lo que percibimos a simple vista, partiendo de “mi vida” como realidad última (radicalidad) (27); intensidad y autenticidad son el doble criterio de la perfección de las personas, se puede ayudar a que se descubra a sí misma, a que establezca una armonía entre doctrina y vida, según la consigna socrática (responsabilidad). (29-30)

Si la filosofía es tomada en serio puede influir en la conducta (asunto personal) (31) y esto la distingue de la ciencia (32). La provisionalidad hace del filósofo o del estudiante un principiante (31). Enseña a vivir, es una teoría que tiene como destino la mejor conducción de la vida personal (dimensión teórico – práctico) (33); la filosofía no renuncia a preguntar aunque no se pueda ver todo claro (la filosofía tiene supuestos) (33); el valor terapéutico de la filosofía está en la toma de distancia precisa de la realidad para juzgarla o justificarla (distancia) (36); el lenguaje da posibilidades pero también exigencias: para alcanzar la propia identidad necesitamos de los demás (doble filo del lenguaje) (37)

En la vida se da la contradicción que hay que asumir sin perderse (riesgo) (38); aceptar la propia vulnerabilidad con una ética de la humildad ayuda a salir del vacío del sinsentido sin que los alumnos se queden “protegidos” en el fanatismo (trogloditismo, tradicionalismo, progresismo) (38); la pregunta filosófica parte de la pregunta por lo radical, último e insuficiente que importan a la vida humana (relación con la religión) (39) Nuestra filosofía no debe generar escepticismo sino confianza en la razón No complicarnos la vida, sino aclararnos, para saber qué hacer y para aceptar nuestro destino” (47)

En el capítulo II analiza la pregunta y su uso filosófico. ¿Por qué los adultos y adolescentes tenemos miedo a las preguntas que nos hacen y nos hacemos? (60) El niño madura o se abotarga en la conversación de sus padres, descubriendo que no está solo o que está muy solo (61). En la adolescencia o “edad metafísica” se siente un desequilibrio en la manera de entender el mundo, se abre a las preguntas por el sentido, que están al servicio del cambio mental, de la innovación y creatividad del espíritu, es decir, preguntas filosóficas (61) La pregunta implica ahondar mucho.

En verdad cuesta quitar prejuicios, malos entendidos, creencias erróneas, dichos de los programas de televisión incluso telediarios, mensajes de películas taquilleras, dogmatismo de la ciencia (62). El pensamiento es lo que pesa y sopesa la vida personal (63) Una palabra puede entristecer una relación humana o ahogar en el barro toda esperanza, pero también es instrumento de revelación, éxtasis y comprensión (65). Hay una aparente oposición entre diálogo y enseñanza. La areté no es susceptible de ser enseñada, es más bien una forma de acompañamiento (diálogo). Buscar la areté es menos buscar el saber de los libros que buscar a alguien que nos haga mejores permaneciendo a nuestro lado (66)

La enseñanza de la filosofía procede de una conversión. La pregunta se dirige a una persona (“a ti te hablo”, “soy yo que contigo hablo”, “quiero decirte a ti”) la que busca la esencia y el origen natural o lógico de la realidad (qué, por qué) solicitando razón de ella, para saber qué hacer, para poner las cosas en su sitio a fin de recuperar el sentido o discernimiento de los valores y de la entera vida personal (76-77) Si la filosofía tiene valor, no es principalmente el de la información y la erudición, sino el de la orientación, formación y transformación del espíritu pensante, la erradicación de una razón desviada de la realidad (85)

Pero las solas palabras no cambian la realidad, sino que la disimulan. Lo que cambia es nuestra manera de percibirla, y así actuamos sobre la base de esta percepción (100-101). Pero no podemos dudar del valor de la palabra y la metáfora (personalizadora de la naturaleza desmedida), quien la posee es dueño del mundo personal y del impersonal. Según sean nuestras palabras alumbraremos un tipo de mundo: salvaje, técnico, o espiritual. La riqueza del lenguaje representaba garantía terapéutica en la antigüedad (Laín Entralgo), hoy no, debido a la crisis de significado de las palabras (104)

En el capítulo III trata de la relación entre pensamiento y realidad. La filosofía no solo es tarea filosófica sino servicio a la humanidad en tanto que forja significado para la vida personal. Porque aunque la realidad existe sin nuestro conocimiento, la verdad no existe sin él (117). Nadie puede cambiar el mundo con el pensamiento, excepto el pensamiento mismo. La filosofía y la psicoterapia han de fijar la posición del alumno ante la realidad y su relación con ella y lograr el cambio de las personas no del mundo, pues la salud mental consiste en un cambio personal ante la realidad. La filosofía coopera en la labor psicoterapeuta con la técnica de “anulación ficticia del carácter de realidad” o de “puesta entre paréntesis” para saber en qué consiste propiamente la realidad (118)

Distinguir, separar, relacionar, definir pensamiento y realidad, pensamiento y sentimiento, realidad pensada y realidad sentida: he ahí toda una trama que responde a cuanto la filosofía ha aportado a lo largo de la historia. Y es todo lo que importa al alumno. El pensamiento trabaja sobre la vida personal y la realidad total (119). El pensamiento es cuanto hacemos para orientarnos en la vida. Cuanto mayor sea la facultad de pensar de una persona, mayor será su felicidad, en virtud de la propia nobleza del pensamiento y la contemplación (Aristóteles). También incluye la irracionalidad, que es una llamada a tener en cuenta el ser y a superarnos a nosotros mismos. Hay cosas que escapan a nuestra razón porque son misterios, pero no van contra la razón (125)

Pensamos porque tenemos problemas que necesitamos resolver para seguir viviendo. La atonía mental, la desmotivación, la depresión y la locura, tienen un transfondo epistemológico y filosófico, cuando hacen su aparición no queda sino aportar pensamiento, relacionando nuestras preguntas pensadas y la realidad dada, porque el pensamiento sin la realidad trabaja en balde. Cuando el pensamiento entiende o razona, resulta el único medio para someter enseguida, con la voluntad, nuestras pasiones a la realidad, por si esta pudiera cambiarse y si no, aceptarla: cuando no podemos cambiar la realidad, sólo nos queda cambiar nuestra manera de verla (126). ¿Sabemos distinguir la realidad de nuestra interpretación de la realidad? (127) A veces queremos cambiar a la realidad porque no nos decidimos a cambiarnos a nosotros mismos (134). La filosofía en el aula intentará que cambie la persona, no la realidad (128)

El capítulo IV trata sobre el comunicar. Conversar es volverse hacia el otro. Educar filosofando y filosofar educando es ayudar al alumno a mirar el rostro del otro, a interpelarse desde la responsabilidad, la compasión y la comprensión de una biografía personal. De ahí que el lado empático y compasivo sea tan importante como el lado racional. La voluntad de abrirse al otro es moral y, de esta forma la ética y la filosofía se convierten en estimuladoras de la convivencia (156). Lo arriesgado del diálogo es que se expone a traer a nuestro pensamiento algo que no querríamos, a expresar algo que no habríamos querido que fuese expresado (157). Quien escucha, ve y dialoga sanará por la razón y se salvará por la fe, porque la escucha es como la belleza de las cosas, las personas y de los acontecimientos, viene del amor y no a la inversa (167)

Pero sucede que preocupa y ocupa más un problema informático que un problema humano: con el primero, el alumno se siente orgulloso por las horas dedicadas a su eventual resolución, con el segundo, se siente diagnosticado y minusvalorado (167)

El intento de los diálogos socráticos, más que refutar las tesis de sus interlocutores, es dejar al descubierto sus almas, sacar a la luz sus malas disposiciones para tratar de transformarlas “desde que frecuentaba su compañía la vida se le había transformado” (175) Sócrates está en la Historia de la Filosofía más que lo que filosofaba por haber despertado a muchos para la filosofía (176). Lo que el diálogo pretende provocar es una transformación de la existencia gracias a la escucha: la sabiduría socrática no busca solamente conocer, sino existir de manera diferente (178)

Pero se trata de hacer del aula un ámbito de comunicación no un consultorio psicoterapéutico; tampoco es un diálogo entre meras opiniones medidas por su racionalidad, sino de una búsqueda de verdades (185). El objetivo de la educación moral no es el mero desarrollo del razonamiento moral, sino de la acción moral (189); no se trata de saber solamente qué pasa sino qué me pasa, ni de saber qué es justicia sino de ser yo mismo justo (214)

Antonio Pino Sánchez, PES de filosofía
I. E. S. Alventus, Trebujena (Cádiz)
apinosanchez@hotmail.com
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