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DIDÁCTICA de la FILOSOFÍA

Carlos Portillo, In Memoriam

Carlos Portillo, In Memoriam

Frente a la muerte, escribió Epicuro, nosotros, los hombres, vivimos en una ciudad sin murallas.
A veces, los filósofos, decimos la verdad. Qué fácil es, Carlos, darse cuenta ahora.
Me gustaban tus dibujos de reunión, a mí que crecí con dibujos parecidos.
Me gustaba también deberte una parte de mi vocación última por la filosofía.
Me gustó compartir contigo y con los demás miembros del grupo estos últimos años en los que más cerca me sentí del filosofar y más lejos del filofilosofar, que padecimos juntos en las aulas del viejo caserón.
Sí, para nosotros, como hombres, y como filósofos, es necesario pensar en la muerte.
No para aprender a morir.
Para aprender a vivir.
Para aprender a cultivar lo que puede convertirse en grato recuerdo.
Cuantos dejaste, Carlos, son buena cura para el dolor.

Luis Fernández Navarro

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6 comentarios

garlick -

Esta gente me esta contando la verdadora historia de la Biblia y mucho no entiendo, me muestran pinturas del renacimiento, que tiene que ver?

http://www.youtube.com/watch?v=uM71UqbrNc0

José Pedro Aznárez -

Querido Carlos Portillo:
No sé cómo empezar esta carta. Probablemente a las personas buenas nadie las tiene que honrar ya que ellas mismas se ganaron su honra, y tal vez escriba más por mí que por tí, porque somos los vivos los que nos dolemos de este vacío inesperado; tú ya has partido y, al menos tal y como lo entendemos, tu sufrimiento ha cesado. Sólo queda el nuestro, y éste ya no es por empatía contigo.
Pero quiero manifestar a quien lea esta nota, en el blog que tanto apreciabas, cuanto te hemos querido quienes tuvimos la suerte de acompañarte en tu trabajo y llegar a ser tus amigos. Las primeras horas nos quedamos mudos, de puro espanto. Sabía que no había segunda vuelta, y que era lo que era, pero me negaba a creerlo. Esperaba escuchar tu voz nasal y suave.

¿Quién eras, en realidad, Carlos? Tu equilibrio y tu capacidad de no enfadarte nunca o casi nunca, eran tan poco comunes, que podían parecer algo impostado. Pero esa duda se desvanecía luego, con la humildad con que no dudabas en disculparte o en pedir perdón por alguna cosa en que juzgabas que te habías equivocado.
Charlar, discutir contigo, era una delicia. Detrás de tu capacidad de conversar indefinidamente, y de tu desparpajo, pienso que había algo de timidez y de dulce respeto por todo y por todos (lo que no quita que a veces fueses un crítico temible, incluso intransigente, pero siempre desde un diálogo sin estridencias, bien guardado). Pudimos hablar muchos largos ratos, a veces a mitad de una mañana cargada de trabajo, otras veces fuera; en el bar del Canadá, en medio de la calle, en alguna cena. Qué privilegio es siempre tener amigos; es un regalo. Qué privilegio haber podido hablar contigo en aquellos ratos. Todo te entusiasmaba, tan pronto hablábamos de Filosofía o de Arte o de Didáctica o de Ética, como de anécdotas de vida o de alguna historieta de alguien cuya amistad compartíamos. A nadie nos podía caber dudas de la firmeza de tu pensamiento político, pero para mí escucharte hablar de política era aprender cómo se puede intentar ser, cómo se debe intentar ser, ecuánime y cómo hay que estar atento para no caer en sectarismos ni en posturas tribales. Sin duda que en innumerables veces no coincidímos, como a menudo tampoco los otros compañeros y compañeras que se animaban a entrar en el debate, pero no fue obstáculo para que acabásemos con una sonrisa en los labios y con buen sabor de boca. Eso es diálogo: ha sido extraordinario poder aprender a dialogar al verte dialogando de esta manera, sin ocultos deseos de establecer por narices la propia postura.

Sí, aprendí mucho contigo. Tu saber era, además, generoso; estabas siempre dispuesto a compartirlo.

Pero si tu generosidad fue ejemplar, al menos en lo que yo pude atisbar, fue cuando las cosas de la vida no marcharon por donde tú hubieses deseado. Quiero testimoniar que entonces tu discreción se multiplicaba; tal vez demasiado.

Querido Carlos, por supuesto que te echaremos mucho de menos. Eras tan listo, que lo sabías perfectamente porque te sabías bien querido en aquel CEP que ya ha pasado. Con ese poquillo de teatro que le echaste a todo, actuabas también para tí cuando las situaciones se mostraban dramáticas. Con un toque de estoicismo y de humor, con un deje de romanticismo, con tu sonrisa pegada al pendiente. Y sabías que lo hacías bien. Claro que te echo de menos, compañero. Y claro que lo sabes. Espero echarte tanto de menos como tú mereces, porque no se me ocurre mejor modo de honrarte. Dios te guarde, amigo. Te queremos siempre.

José Pedro

Carlos Rodríguez Estacio -

Quedé ayer aturdido por este “manotazo duro” y “golpe helado” del destino. Y es que, “como el rayo”, se nos había muerto Carlos Portillo, nuestro Carlos Portillo.

Más que tus entrañables palabras de homenaje, Luis, me impresiona la fotografía que has colocado en el post. En este caso sí vale el tópico de la superioridad de la imagen sobre el millar de palabras.
Ahí está el profesor Portillo exactamente tal como lo conocí (qué extraño y cruel resulta utilizar el pasado para referirnos a él): con su sonrisa característica, delineada desde la distancia irónica y de la proximidad que emana de la bonhonomía.

Y, en efecto, así era Porti: su trato tan accesible y afable iba siempre de la mano de una extraordinaria capacidad para analizar lúcidamente cada situación y encontrar siempre la mejor salida. Cordial “en el buen sentido de la palabra”, o sea, también perspicaz, como exige el oficio del filosofar, incluso astuto si la ocasión lo requería.

Dice Miguel Florián, “¡Y tener que morir, renunciar a los destinos insospechados que tramamos! ¡Tener que acallar con arena los murmullos que en el seno de la carne borbotean!”.

La guadaña es un poco más cruel en este caso, no sólo por su juventud (“todos los hombres mueren demasiado jóvenes”, afirmaba Stevenson), sino por tantas posibles aportaciones y valiosos proyectos que han quedado de golpe huérfanos.


En cierta medida como nosotros, pues a ninguno se nos oculta que esta blog, el grupo de trabajo, muchas perspectivas sobre filosofía y didáctica, nuevas amistades y tantas otras cosas han sido posible únicamente gracias a él.


PD: Me hubiera gustado participar esta mañana de la despedida, pero una afección gripal me lo ha impedido.
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Merce Padilla -

Yo le conocí a través de la "blogosfera" hace poquito.

Intuí, al visitar su blog a una persona, sensible, interesante, apasionada, amante de esa sabiduría que a todos los que la transitamos nos atrapa.


Un abrazo para todos los que érais amigos personales de él.De alguna forma, yo también os acompño en este triste sentimiento.

Gabriel -

Muy líríco y personal, Luis. Me gustaría haber podido o sabido hacer algo así. Releyendo su blog ahora, hay observaciones, fotos, comentarios, análisis, fragmentos que ahora adquieren otra tonalidad, otro sentido, otra significación. Mañana nos vemos, pues. Qué mierda que tenga que ser en estas condiciones.

samuel -

Sin duda, Luis hoy tienes razón. Como Gabriel yo tampoco tengo ganas de escribir hoy, pero lo hago para decir que seguro que muchos de nosotros albergamos gratos recuerdos del Profe Portillo - recuerdos incluso intergeneracionales y divergentes que a buen seguro, le harían sonreir si pudiese oirlos. No sé si curarán el dolor, pero al menos nos hará extrañarlo menos. Como dice Gabriel en esta y en su blog, quedan un buen puñado de "perlas" que nos acompañarán un largo trecho, cómo dice en su blog "en el camino nos encontramos".
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