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DIDÁCTICA de la FILOSOFÍA

Paralipómenos

Así se titulan los fragmentos de un diario vital y filosófico que escribe Alfonso Pérez de Laborda, profesor de Filosofía de la facultad de Teología "San Dámaso" en Madrid. En el número 421 escribe sobre el ser profesor (como no es excesivamente largo lo copio entero):

Uno de los rumies más notables qua arrastro por mi vida es el de qué es ser profesor y cómo cumplir la tarea. Llevo treinta y muchos años con ese dar vueltas. Por suerte, me queda poco. Lo primero es esto. Nunca he tenido que circunscribirme a exponer un manual. Nadie me ha obligado a ello. O si ha querido hacerlo, no se ha atrevido a soplarme una sola palabra sobre el asunto. Yo mismo me he sentido impulsado a ser profesor de otras maneras. ¿Mejores? No lo sé. Esta ha sido una duda permanente en mi carrera académica. La terminaré sin haber llegado a tener claro si ha sido cosa buena o mala.

He buscado que los alumnos leyeran, pensaran, escribieran, hablaran, tuvieran pensamientos propios, siempre en busca de la verdad. Entiendo que eso que propongo es asunto de toda una vida. En mi propia experiencia, a quienes estoy agradecido ha sido a profesores que nos han abierto puertas y perspectivas. Que nos han hecho pensar cómo ahí teníamos la configuración de un mundo lleno de interés. A quienes suscitaban en nosotros nuestra creatividad.

Con el tiempo, punto decisivo ha sido el escribir. Los pensamientos sólo cuando, en dura competición consigo mismo, se expresan en forma de discurso, mejor escrito que hablado, aunque hay gentes ágrafas dotadas con un genio particular para el habla, son de verdad pensamientos. Por eso, le tengo una admiración especial a Descartes, quien afilando cuidadosamente el lapicero y ante una hoja en inmaculado blanco se ponía al duro y pertinaz oficio de escribir. Cuando alguien te empuja a la escritura, te está enseñando lo más vital. No esto o aquello lo que te enseña, aunque cabe que también, sino el hecho majestuoso de ponerte a pensar y a expresar lo que es tu itinerario de búsqueda de la verdad. Y fíjate bien, es decisivo que no haya dicho de tu verdad. La enseñanza, cuando la hay, es ponerte ante tu búsqueda de la verdad.

A veces he encontrado y encuentro alumnos a quienes le castañetean los dientes de rabia ante mis maneras. Si son cosas de malentendimientos personales, que, es obvio, hasta ahí llegan a veces, entonces la cosa no tiene importancia. Distinto es si el alumno está recomido por dentro porque cree que las cosas son de otra manera o que la enseñanza debiera ser propuesta siguiendo otros procedimientos. Valga. Lo que me parece decisivo en estos casos es si el profesor ayuda a que el alumno se despierte, aunque sea cuajado de rabias infinitas ante quien está junto a él y sus maneras, y ese despertar concita su propia creatividad. Si es así, siempre en busca de la verdad, claro, habrá que decir que la labor de ese profesor ha sido enseñar a su alumno lo más precioso que él mismo tiene. Su expresión de creatividad.

La claridad de las ideas, luego, es cosa del alumno, qué digo, parte de una lucha que le durará la vida entera. Ningún profesor podrá dárselas.

Entiendo que a veces el enfado, me viene a la cabeza alguna experiencia propia, está en que el profesor no nos da nada. Y, para colmo, puede que luego exija en el examen que le contemos sus nadas. Eso es brutal.

Si el enfado es suscitador de creatividad. Bendito sea. Sirve muy bien para avanzar. Si es enfado por las insuficiencias o por parecer que las cosas no están claras. La claridad de las ideas es trabajo final, y largo, del alumno. Ningún profesor puede dárselas, si no quiere cerrar las fuentes de la creatividad de su alumno. A lo más, le puede ofrecer algunos farfulles, algunos procedimientos, algunas perspectivas.

N. B.: Fue profesor mío en la facultad de Filosofía (Universidad Pontificia de Salamanca), ahora gracias a internet puedo seguir su filo-sofar

A.Pino

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5 comentarios

Antonio -

Hola, Veva, qué alegría leerte! Recuerdo la anécdota, y también recuerdo que sabías mucho de nuestro filósofo.

Gabriel, estimulante comentario -entre derridiano y foucaltiano- que me lleva a evocar los recuerdos que tejen la dialéctica del ser alumno al ser profesor.

Veva -

Coño, Antonio! Hace 20 años hicimos saltar una alarma en Madrid!

Gabriel -

Me gusta, me gusta. Y sobre todo esa "casta" y como accidental nota final que nos cuenta que ese profesor fue tu profesor. ¿Qué habrá sentido nuestro Antonio encontrando a "su profesor" en la red? ¿Será él uno de los que le "castañeteaban los dientes" o era uno de los que disfrutaban con su método? Esa nota nos anuncia una experiencia, casi un cuento y Antonio nos deja entrever/adivinar un tupido velo que inmediatamente cubre con pudor...

Antonio -

Gracias, Felipe, en ello estamos aunque a veces sea planta de raíz amarga...

Felipe -

Enhorabuena por el blog, es muy interesante. Es importante reflexionar sobre la tarea docente, que dicho sea de paso, es una de las profesiones más filosóficas porque nunca podemos darnos por expertos, siempre tenemos que estar buscando, pensando. No hay otra forma de hacer pensar a los demás.
En http://antesdelascenizas.blogspot.com/search?q=dogmas+pedagogia
hemos iniciado hace unas semanas una serie de posts en los que pretendemos aportar nuestro grano de arena a la reflexión pedagógica.
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